
No han transcurrido 24 horas desde que finalizamos el acto de homenaje a José Ramón Jara en el Auditorio de Ceutí, su pueblo. Y las sensaciones que se mezclan en mi interior son agridulces. Como la vida. Por una parte, por el trabajo bien hecho. Todos hemos puesto lo mejor de nosotros mismos para que todos los detalles encajasen en el engranaje de un acto que ha abierto heridas aún no cicatrizadas. Desde el programa de Pepe Blanco, al acto en sí, con el montaje, las invitaciones, la cobertura de prensa, la elaboración del vídeo, el acomodo de los asistentes, el sonido, la música, la seguridad...
El resultado está ahí para ser analizado, pero lo más importante es que su familia, sus seres más cercanos, Susi, Laura, los hermanos y cuñadas, sus padres, sus amigos más cercanos... se han sentido arropados por quienes aún estamos huérfanos ante la ausencia física de José Ramón.
Nunca he ocultado en privado que él me dio el último empujón para dar el salto al compromiso político más público en el Partido Socialista. Tampoco que íbamos a hacer una apuesta arriesgada por cambiar las cosas, porque somos muchos y muchas las personas que estamos cansadas de escuchar siempre los mismos lamentos. Lamentos internos, que tiene que ver con los problemas orgánicos de organizaciones políticas como el PSRM-PSOE, y quejas sobre la situación que vivimos en esta región y en nuestros pueblos y ciudades.
José Ramón, en mi caso, fue capaz de encajar un cometido específico en este proyecto... Pero apenas pude trabajar con él. Su enfermedad dio la cara con más crudeza en el momento en el que me incorporé de lleno a las tareas de comunicación en el partido. Pero su impronta, su espíritu, estaba presente en el trabajo diario. como lo ha seguido estando todos estos meses, casi un año ya, desde que nos dejó. Viví con intensidad sus últimas horas de vida, su despedida, su velatorio, su funeral... como ahora los preparativos y el desarrollo del acto de homenaje.
Por eso digo que los sentimientos que se mezclan en mi interior son ambivalentes, como la dualidad que preside siempre nuestro acontecer. Y con el acto que vivimos ayer parece que se cierra un período de duelo del que tenemos que salir fortalecidos. todos. Los que lo han tenido más cercano como los que lo hemos conocido en tiempos más recientes. Y sin renunciar a un sentido trascendente de la vida, porque la muerte no es el final, creo que su recuerdo, su memoria, su entrega y su testimonio -como el de muchas otras personas que nos han marcado en la vida- deben ser ese aire que insufle nuestro actuar, nuestro modo de hacer frente a la vida, con sus adversidades y, sobre todo, con sus alegrías. No es tiempo de llorar, sino de actuar.



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